Hace algunos años falleció un querido amigo; un joven llamado José. Fue un 29 de diciembre. Nunca lo hubiéramos pensado. Un domingo estuvo con nosotros en el servicio de la iglesia, sonriendo y disfrutando de la predicación, tan guapo como siempre, y sin siquiera imaginarlo, al día siguiente ya estaba con el Señor. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. José estaba por cumplir 18 años y estábamos planeando su fiesta sorpresa, pero ese día nunca llegó. 

Era un lunes como cualquier otro. José fue al patio a preparar su auto para salir. Al poco rato, su padre salióy platicó con él. Ellos hicieron planes para ir al cine al día siguiente. La tarde transcurrió con normalidad. José fue a trabajar y convivió con sus compañeros. Llevaba un tiempo compartiendo de Cristo con su gerente. En la noche, al terminar su jornada laboral,cuando se dirigía a casa, su coche tuvo una falla mecánica. Cuando José se bajó para revisar el daño, otro carro pasó y lo arrolló. Su muerte fue casi inmediata. Uno de sus amigos y compañeros de trabajo también conducía a esa hora y se orilló en la carretera para ayudarlo. Aunque corrió a su rescate, ya no hubo nada que hacer. 

José era discípulo de mi esposo. Cuatro o cinco años antes de su partida comenzó su interés por tocar la batería y por unirse al grupo de alabanza del cual mi esposo era líder. Rápidamente, su relación de alumno-maestro cambió a discípulo-mentor, y muy pronto se volvió una amistad. Compartían diferentes actividades juntos. Asistían a eventos, tocaban en otras iglesias, realizaban viajes e iban a conferencias para crecer espiritualmente. Durante dos años, mi esposo apoyó el ministerio de alabanza y adoración de una nueva iglesia. José lo acompañó tocando la batería. Nunca dejó su compromiso con su iglesia principal participando por las mañanas y en los ensayos entre semana. José era un siervo verdadero.

Al cumplir 17 años, lo vimos madurar en sus decisiones y en su relación con Dios. Cuando mi esposo sintió el llamado de comenzar una nueva obra en otra ciudad, José fue el primero en decirle que quería ir con él. Mi esposo le pidió algunos requisitos para formar parte del equipo, y él estuvo de acuerdo con cada uno de ellos.  Estoy convencida de que este joven fue clave para traerle un ánimo extra a todo el equipo; un empujón hacia adelante diciéndole a todos:¡estoy listo!

Uno de los regalos más grandes que Dios nos ha dadoes no saber cuándo vamos a morir. La Biblia nos dice que tenemos los días contados, pero no sabemos cuántos días tenemos. José no lo sabía, ni sus padres, ni su hermana, ni nosotros. Eso causó que disfrutáramos su vida y su gozo aún más hasta el final.

Ese invierno fue el más frío y hostil. Los días pasaron lentamente. Al llegar la primavera, llegó también la inauguración de nuestra nueva iglesia y el nacimiento de nuestra sobrina. Fue un año muy intenso y lleno deemociones encontradas. Mi familia y yo somos muy cercanos a la familia de José. Vivimos con ellos la tristeza de su duelo y, a la vez, la alegría de una nueva obra de la cual su hijo fue el primero en formar parte. Seguramente nos sigue animando desde esa gran nube de testigos de la cual habla el libro de Hebreos.

Estos son algunos comentarios que escuché durante el tiempo de luto: “No conviví con José, pero me duele ver a mi hija tan triste. Su vida impactó la vida de mi hija”. “Estaba esperando palabras de aliento por parte del pastor y entendí que él también está afligido por la pérdida. El pastor tampoco tiene palabras”. “Llegamos a una iglesia de luto con un pastor triste. Esto hizo que nuestra llegada fuera diferente”. 

Todo ese año reflexionamos bastante acerca de lo que sucedió a nuestro alrededor y, sobre todo, al comienzo de nuestra iglesia. Personas nuevas llegaron a nuestra vida y otras se fueron. Unos van y otros vienen; unos nacen y otros mueren. Entonces, ¿de qué se trata esta vida? ¿Con qué fin hacemos lo que hacemos? ¿Por qué tuvo que terminar así la vida de José siendo tan joven? ¿Por qué fue esa la historia del comienzo de nuestra iglesia? 

Situaciones como estas son las que nos llevan a decir: ¡no es justo! Pero, piénsalo bien, ¿qué es lo que no es justo? ¿La vida no es justa?, ¿Dios no es justo? Es así como confundimos el significado de “justicia”. En realidad, la palabra que estamos buscando es “equidad”. ¿Por qué hay padres que ven a sus hijos crecer y llegan a conocer a sus nietos y hasta a sus bisnietos mientras que otros padres no? ¿Por qué unos hijos llegan a disfrutar a sus padres hasta una edad muy avanzada y otros hijos no? 

Ciertamente, la vida no es equitativa. Dios no les da la misma historia a todos. Esto es básico. Debemos reconocerlo y aceptarlo. La intención de Dios nunca ha sido que todo sea igual. Al contrario, ¡mira la diversidad en el mundo!, ¡mira lo diferentes quesomos! No hay un molde ni un patrón a seguir. Algunos vivirán muchos años, mientras que la vida de otros será mucho más corta. Dios sabe que este mundo es cruel y la única razón por la cual no lo ha destruido es por su amor y misericordia. Sin embargo, tú y yo somos parte de la respuesta; tú y yo seguimos aquí para alcanzar a otros.

Sí, Dios sabe que estamos tristes y que sufrimos, pero aún no es momento de unirnos a José. A nadie le parece equitativo ni razonable que los padres de este joven se quedaran sin su hijo mayor. La situación es sumamente triste, y Dios, en su gran misericordia, dejó a la iglesia para consolar, amar y abrazar. Ese año aprendimos un poco lo que significa ser el cuerpo de Cristo; aprendimos a ser sus brazos y sus lágrimas. 

Yo nunca había experimentado el luto junto a alguien. Aunque fue verdaderamente difícil, también encontré varias bondades. Al fallecer la mamá de una amiga, no supe vivir el dolor con ella. Tampoco supe cómo reaccionar cuando una amiga mía perdió a su bebé. ¡Qué lástima que no lo hice antes! ¡Qué lástima que no viví este consuelo y este apoyo en mi primera iglesia cuando era joven y perdí a mi papá! ¡Qué lástima que tantos familiares y amigos de nuestros hermanos en Cristo fallecen y su dolor pasa casi desapercibido en nuestras congregaciones! 

Todo el tiempo nos hemos estado haciendo la pregunta equivocada. La pregunta correcta no tiene nada que ver con la justicia de Dios. Entonces, lo que deberíamos cuestionarnos es, si Dios nos dejó a ti y a mí para amar, consolar y mostrar misericordia a otros, ¿por qué nos cruzamos de brazos y dejamos que la vida siga su curso, centradas en nosotras mismas? ¿Quién está siendo injusto? ¿A quién le falta ser equitativo y razonable? ¡Nosotras somos las culpables, las injustas! Nosotras somos las que tenemos una misión como iglesia, como cuerpo, como parte del reino de los cielos. Tomemos unos minutos y preguntémonos qué estamos haciendo como iglesia. ¿Somos los brazos, las manos, los labios y los pies de Cristo? ¿Dónde está nuestra misericordia? ¿Estamos siendo obedientes al mandato de amar a Dios y amar a nuestro prójimo? 

Mi esposo invirtió su tiempo y su cariño en un discípulo. Invirtió en su vida hasta el final y obtuvo una gran recompensa: un impulso para seguir fiel al llamado que Dios le dio; una joya preciosa que fue parte de su vida y la cual nadie más podrá sustituir. ¡No nos quedemos de brazos cruzados! Vivimos en un mundo injusto, pero tenemos como misión ser parte de la respuesta. Hoy, te digo lo mismo que José le dijo a mi esposo: ¡estoy lista! 

Hermana, durante las siguientes semanas estaremos profundizando en el tema de la justicia. Si en algún momento de tu vida has experimentado alguna situación en la que creíste que Dios no fue justo, este estudio es para ti. Conozcamos juntas a Dios; a Diosjusto en un mundo injusto. 

APRENDE

1. Lee y medita Juan 14:15-31, Romanos 12:15, Filipenses 2:1-8, Mateo 5:4 e Isaías 53:1-9. 

VIVE

2. ¿Alguna vez has pasado por una situación en la que creíste que Dios fue injusto? 

3. ¿Cómo entiendes ahora que lo que vivimos es parte del mundo caído pero que Dios está a la espera de acercarnos a Él para consolarnos?

4. Recuerda que Dios permite el sufrimiento y que en él encontramos un propósito. En el dolor, el carácter de Cristo se forma en nosotros (Is 53). 

LIDERA

5. Acércate a una persona que esté pasando por una situación difícil y apóyalo. Toma la decisión de ser intencional y actúa como el cuerpo de Cristo amando y consolando a nuestros hermanos. Recuérdale la esperanza que tenemos en Jesús. 

Reformadas

Reformadas

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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