Pregunta: ¿Qué manda Dios en el primer mandamiento? 
Respuesta: Que yo, que deseo la salvación de mi alma, evite y huya de toda idolatría (a), hechicería, encantamiento, superstición (b), invocación de santos y de otras criaturas (c); y que conozca rectamente al único verdadero Dios (d), en Él solo confíe (e) con toda humildad (f) y paciencia, que de todo corazón le ame (i), tema (j) y reverencie (k), de tal manera que esté dispuesto a renunciar a todas las criaturas antes que cometer la menor cosa contra su voluntad (l)
Versículos de apoyo: (a) 1 Juan 5:21; 1 Corintios 6:10, 10:7, 14. (b) Levítico 10:31; Deuteronomio 18:9, 10. (c) Mateo 4:10; Apocalipsis 19:10, 22:8, 9. (d) Juan 17:3. (e) Jeremías 17:5, 7. (f) 1 Pedro 5:5. (g) Hebreos 10:36; Colosenses1:11; Romanos 5:3, 4; 1 Corintios 10:10; Filipenses 2:14. (h) Salmos 104:27; Isaías 45:7; Santiago 1:17. (i) Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37. (j) Deuteronomio 6:2; Salmos 111:10; Proverbios 1:7, 9:10; Mateo 10:28. (k) Mateo 4:10; Deuteronomio 10:20. (l) Mateo 5:29, 10:37; Hechos 5:29.

Este mundo nos enseña que nuestra vida debe girar únicamente en torno a nosotras mismas. Los anuncios de televisión hablan sobre cosas que pueden hacer algo por ti. En el trabajo quieres saber quién puede beneficiarte. Asistes a la iglesia pensando en cómo te hace sentir. Todo en este mundo te convierte en el centro, en la reina del universo, en lo único que importa. Tú decides sobre tu propio futuro. Tu trabajo e intelecto triunfan sobre todas las cosas. Haces y obtienes lo que quieres y cuando quieres. La ovación se pone de pie por todo tu esfuerzo; ¡los aplausos son tuyos! “Yo, yo y más yo”: esto es lo que el mundo nos está enseñando. ¡Vivimos tan engañadas que incluso leemos la Biblia pensando que se trata de nosotras! Sin embargo, la Biblia se trata de Dios y de su gloria.  Dios es Dios, así que Él merece la gloria para siempre; no la compartirá con nadie más.Hermana, estudiemos la pregunta 93 del Catecismo de Heidelberg para entender esta enseñanza contracultural que encontramos en la Biblia.

¿Alguna vez te has preguntado por qué Dios, siendo perfecto y sin necesitar nada, creó todo?  Bueno, fue para su gloria.  ¿Sabes por qué Dios nos salvó después de que mostramos un corazón pecaminoso?  Para su gloria.  ¿Conoces la razón por la cual Dios, después de habernos salvado, trabaja en nuestros corazones para hacernos más como Cristo?  Para su gloria.  ¡Hermana, todo lo que Dios hace es para su gloria! ¡Es lógico! Si Dios glorificara a algo o a alguien más que no fuera Él mismo, no sería Dios, puesto que consideraría que existe algo o alguien que merece mucho más que Él el honor y la gloria, y no es así. ¡Dios es el único merecedor! Hermana, Dios exige la gloria. Es por eso que el primer mandamiento dice: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre.  No tendrás otros dioses delante de mí” (Ex 20:2-3).

Como hemos visto, Dios nos creó con un propósito específico: glorificarlo.  Estamos hechas y diseñadas para glorificarlo. Cuando cumplimos ese fin, significa que estamos viviendo correctamente, por lo tanto, nuestra alma está satisfecha. Sin embargo, insistimos en tener y crear falsos dioses que pensamos que satisfarán nuestra alma, sin comprender que nunca lo harán.Inherentemente, ¡no pueden! Poner nuestros corazones en cosas como nuestro matrimonio o nuestros hijos, nuestros trabajos, nuestras posesiones o las circunstancias nunca funcionará. ¡Nada de eso nos satisfará! Se romperán, nos fallarán o dejarán de existir, así pues, nos decepcionarán sin importar cuán buenos hayan sido. Cuando hacemos dioses de todo menos del Dios de la Biblia, terminaremos decepcionadas. ¡Solo Dios es suficiente!

¿Qué hay de nosotras mismas?  En un mundo de autoglorificación, ¿puedo ser mi propio dios?, ¿puedo ser el centro de mi vida?  La respuesta es no, pero la realidad es que vivimos intentándolo. Seamos honestas, somos terribles diosas.  Somos pecaminosas y orgullosas.  Dañamos a quienes nos rodean y, muchas veces, incluso, a nosotras mismas.  Además, tú y yo sabemos que nada de lo que tenemos es porque lo merecemos.  Todo viene porque Dios lo proveyó.  ¿El aliento en tus pulmones?  ¡Eso, querida hermana, se llama gracia!  ¿La salud que tienes?  ¿Tus dones y habilidades? Todo se te dio por una razón que no fue para hacerte sentir el centro de tu vida, sino para glorificar a Dios.  Todo lo que tienes es un regalo de Él.  Todo lo que puedes hacer es gracias a Dios.  El hecho de que puedas trabajar duro y perseverar es gracias a Él. Hermana, si no puedes jactarte de nada en tu vida, ¿crees que mereces la gloria? No. La gloria le pertenece a Dios.

Dios nos dice que no debemos tener otros dioses porque sabe que pondremos cualquier cosa menos a Él en el trono de nuestro corazón. Odiamos reconocer que Él existe, que  tiene el control y que Él y no nosotros merece recibir la gloria. Necesitamos su ayuda para aceptar humildemente nuestra posición, no como reinas y poseedoras de nuestros destinos, sino como creación en las manos del Dios todopoderoso.  Cuando lo hacemos, hermana, obtenemos satisfacción, gozo y paz. Al poner a Diosen el lugar al que pertenece, es decir, en el centro de todo, cumplimos el propósito por el cual fuimos creadas: glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre.

Así que, hermana, hoy quiero preguntarte,  ¿continuarás buscando satisfacción en pequeños dioses que nunca te satisfarán y que siempre te decepcionarán?  ¿Pondrás a Dios todopoderoso en su correcto y merecido lugar, o sea, en el centro de tu vida, y encontrarás en Él todo lo que tu alma anhela?

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En esperanza.

Salime

Salime

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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