El fracaso es difícil de aceptar y de enfrentar. Es más sencillo culpar a alguien y decir que la situación fue injusta. Reconocer que podemos ser una decepción para los demás, incluyendo a nuestra familia, no es nada fácil. Generalmente, esta lección la aprendemos a muy temprana edad. 

Hace varios años quise sorprender a una de mis hijas el día de su cumpleaños. Llegué a su escuela a la hora del receso para poder comer juntas y festejar. La directora me dio permiso de hacerlo. Pensé que mi hija estaría contenta de verme y de recibir la sorpresa, pero la sorpresa fue mía al ver que a ella no le gustó nada la idea.  

En ese entonces, mi hija tenía 6 años, iba en primeraño. Los que la conocen saben lo social que es y lo mucho que ama pasar tiempo con sus amigos. Le encanta la rutina y el orden. Siempre le gustó impresionar a su maestra y seguir las reglas de la escuela. Lo que aprendí ese día fue que mi plan significó justamente lo opuesto a lo que mi hija disfrutaba. Hice que perdiera el receso con sus amigos, rompí su rutina e hice que sintiera que decepcionó a su maestra al interrumpir la clase. 

Al salir del salón, me dijo que no quería comer conmigo, que quería pasar el receso con sus amigos. En ese momento, no pude controlar mi reacción y ella notó mi expresión de desconcierto. ¡Yo no podía creer que mi hija no quisiera pasar su tiempo libre conmigo! Ella, al ver mi cara, me abrazó para que yo no estuviera triste. Fue así como logré convencerla de comer juntas ese día. Como podrás imaginarte, no tuvimos una gran convivencia ese día. Yo estuve triste porque mi sorpresa no fue lo que esperaba, y mi hija estuvo un poco a la fuerza, con prisa de regresar, y con culpa por haber rechazado a su mamá. 

Durante meses, mi hija no pudo olvidar mi reacción. Ella no podía creer que había decepcionado a su mamá. Me lo recordó muchas veces, y de vez en cuando se acuerda de ello. Yo la consolé y le hice ver que todo estaba bien. Aprendí que a ella no le gustanmucho las sorpresas y que era mejor planear las cosas juntas. Al final del día, la realidad de la decepción ya se había infiltrado en su mente: ella le falló a su mamá y su mamá le falló a ella.

Todos reaccionamos de manera distinta cuando nosequivocamos. Algunos simplemente evitan enfrentar la situación y la ignoran. Consideran que no hay vuelta atrás y continúan su vida como si nada hubiera pasado y sin importar lo que otros piensen. Hay quienes se esfuerzan por demostrar lo contrario: que no son un fracaso y que tienen la capacidad de reparar el daño hecho. La mayoría del tiempo, esto los lleva a tener una actitud desenfrenada por demostrar su excelencia por encima de los demás. Ambas respuestas ante el fracaso son igual de malas.

Pero, ¿qué pasa cuando la respuesta de Dios te decepciona? ¿Alguna vez esperaste ver la mano del Señor tomando venganza en contra de tus enemigos? ¿Te has sorprendido con alguna situación que no esperabas vivir? ¿Has orado pidiéndole al Señor que te liberara por completo y que tus enemigos quedaran avergonzados en el trayecto? Seguramente no obtuviste la respuesta que buscabas. En ocasiones, cuando las cosas no suceden como quisiéramos, nos desanimamos tanto que preferiríamos meternos en una cueva a esperar que todo desapareciera. 

Dios conoce nuestro corazón y ve las circunstancias desde una perspectiva totalmente distinta a la nuestra. Nosotras pensamos tener la solución correcta, sin embargo, si fuera así, provocaríamos un caos y mucho dolor. Él no cae en nuestra trampa, ni en nuestro chantaje ni se siente mal cuando nos hacemos las víctimas. El Señor no reacciona con enojo cuando nosotras estamos enojadas. Dios no encubre nuestro error. 

Pensemos por un momento en la vida de Elías, un gran profeta usado por Dios. Puedes leer la parte de la historia que voy a mencionar en 1 Reyes 16 al 18. En resumen, Elías oró para que no lloviera, ¡y no llovió por tres años y medio! Al cabo de este tiempo, se encontró con 450 falsos profetas frente a la nación entera de Israel haciendo danzas y tretas para que volviera a llover, pero lo único que lograron fue hacer el ridículo. En ese momento, Elías decidió hacer un sacrificio a Dios. Empapó de agua el altar (de la poca que quedaba) y pidió que descendiera fuego del cielo. El Señor respondió y el altar se consumió. Finalmente, después de esta confrontación y de la oración poderosa de Elías, cayó una gran tormenta sobre la región, terminando así el tiempo de sequía y de hambre. 

Los milagros que hizo Dios a través de Elías fueron espectaculares y distintos a los de cualquier otro profeta de ese tiempo. Sin embargo, algo pasó después del gran acontecimiento que acabamos de ver.  Pensarías que Elías salió animado, asombrado de cómo Dios lo usó frente a millones de personas, listo para enfrentar la siguiente prueba con valor, ¿verdad? No fue así. Veamos en 1 Reyes 19:1-5 (NVI) lo que sucedió:

Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle: “¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la vida como tú se la quitaste a ellos!” Elías se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto, y se sentó a su sombra con ganas de morirse. “¡Estoy harto, Señor!”, protestó. “Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados”. Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido.

Elías se sintió como una víctima del Señor. Sabía que Dios lo estaba usando, pero frente a Israel, había fracaso. En medio de su enojo, Dios no lo dejó solo. Un ángel lo alimentó hasta que recobró la fuerza y siguió su camino. A pesar de su queja y desánimo, el Señor siguió caminando con él y amándolo. Después de 40 días de recorrido, llegó a una cueva en el monte Horeb. Ahí se escondió y se quedó dormido. 1 Reyes 19:11-14 (NVI) cuenta lo siguiente:

El Señor le ordenó: “Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí”. Como heraldo del Señor vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego, pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le dijo: “¿Qué haces aquí, Elías?” Él respondió: “Me consume mi amor por ti, Señor Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!”. 

Dios le mostró a Elías que su presencia no sólo está en los milagros espectaculares o en acontecimientos ruidosos y visibles, sino que también nos acompaña en la quietud.  El Señor viene a nuestro encuentro en tiempo de soledad, de desánimo y nos puede hablar a través de un murmullo lleno de amor. Sólo tenemos que estar atentas a su voz. Me pregunto si Dios le dijo algo a Elías en ese susurro o si sólo fue un sonido.

Si continúas leyendo la historia, verás que Dios levantó a Elías y lo siguió guiando hacia donde debía ir. El Señor no permitió que se hundiera en la miseria. Hermana, de la misma manera en la que Dios estuvo con Elías en su tristeza, lo alimentó y lo escuchó, así está con nosotras en nuestros peores momentos. Presta atención a la historia. Dios no apapachó a Elías, sino que lo sustentó y lo dirigió en el camino en el cual debía andar. 

Muchos admiraron a Elías y otros más lo siguen admirando hasta el día de hoy.  ¿Alguna vez esperaste algo de un líder espiritual o de una persona que tenías en alta estima y no resultó como tú querías? Los líderes, los pastores y las personas públicas son humanos como tú y yo. Fallan, se desaniman y se deprimen. A veces lo olvidamos y esperamos mucho más de ellos que de cualquier otra persona. Dios los usa para enseñarnos, guiarnos y animarnos, pero no es a ellos a quienes debemos seguir, sino a Dios. Es por eso que, a veces, Él permite que suframos una decepción para darnos cuenta que ellos son tan humanos como nosotras. 

El fracaso y la decepción son una realidad. Somos humanas. Nos equivocamos. Nuestros padres se equivocaron y nos lastimaron, y nosotras fallaremos y lastimaremos a la siguiente generación, sean nuestros hijos, sobrinos, alumnos o vecinos, pero Dios nunca falla. Nunca. Aunque nos decepcione su respuesta, debemos recordar que Él tiene un plan detrás de todo. Él sabe perfectamente bien lo que está haciendo, aunque para nosotras parezca un caos. Dios es el único que sabe por dónde dirigirnos, sólo tenemos que aprender a confiar y descansar en su plan.

APRENDE

1. Lee Romanos 8:31-39. 2. Según el texto, ¿qué dice Dios acerca de la condenación? ¿Qué dice el versículo 37? ¿Quién o qué puede separarnos del amor de Dios?

VIVE 

1. Medita en alguna situación en la que hayas sentido que fue tu mayor fracaso.  ¿Alguna vez lo has platicado con alguien? ¿Qué sentiste al recordarlo? ¿Qué mentiras te hizo creer el enemigo cuando lo viviste?

2. Escribe una lista de cosas gloriosas y otra de sufrimientos que te han dejado experiencias difíciles de comprender. 

LIDERA

1. Comparte la historia de la cruz con una hermana o amiga que esté pasando por una situación en la que sienta que es una decepción o fracaso. Recuérdale que, sin importar lo que haga, Cristo pagó el precio de nuestros fracasos. 

Reformadas

Reformadas

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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