Pregunta: ¿Cuál es la quinta súplica? 
Respuesta: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Es decir, por la preciosa sangre de Jesucristo, dígnate no imputarnos a nosotros pobres pecadores, ni a nuestros pecados ni a la maldad que está arraigada en nosotros (a), así como nosotros sentimos, por este testimonio de tu gracia, el firme propósito de perdonar de todo corazón a nuestro prójimo (b).
Versículos de apoyo: (a) Salmos 51:1; 143:2; 1 Juan 2:1; Romanos 8:1. (b) Mateo 6:14.

¡Estoy tan enojada!  ¡Me hierve la sangre! ¡Siento que voy a explotar!  Hermana, ¡es real!, así me siento en este momento…Estoy segura de que si supieras qué es lo que me tiene tan frustrada, me entenderías perfectamente, y mi enojo sería justificado; incluso tú sentirías indignación y enojo. Pero, pongamos los pies sobre la tierra, Dios no nos ha llamado a actuar así. Hoy, hermana, siendo honesta, existe una lucha verdadera en mi corazón. Mientras estudiamos la pregunta 125 del Catecismo de Heidelberg para conocer qué quiere Dios que hagamos en estas situaciones, pido tus oraciones. 

He platicado con muchas personas sobre la situación que me lleva a este enojo. Una de ellas me dio un consejo: “Tu disgusto tiene razón,  pero perdonar sería admitir derrota y mostrar debilidad”. La realidad, hermana, es que para nuestra sociedad la derrota es sinónimo de debilidad, y las debilidades deben ser explotadas. Desde niñas nos han enseñado que perdonar, incluso cuando es lo correcto, es una muestra de flaqueza. Sin embargo, la Biblia nos llama a hacerlo. Uno de mis maestros dice que el perdón no es un sentimiento. No perdonamos porque sentimos que alguien lo merece, perdonamos porque es nuestro deseo de ser como Cristo. Simplemente extendemos la gracia que Dios nos ha extendido. Pero hay algo que es cierto: mientras no comprendamos la gracia que se nos ha sido entregada sin merecerlo, no podremos extender libremente la misma gracia. 

La palabra “perdón”, o en griego aphesis, significa “despedir”, “enviar lejos”, “liberar a alguien de obligación, deuda o penalidad.” Dios no tenía que perdonarnos, pero en su infinita misericordia nos colmó de gracia y nos perdonó en Cristo.  ¡Qué grande es su amor! Debió habernos condenado y enviado al Infierno por la eternidad; eso era lo justo. Si no fuera por su gracia, tendríamos el Infierno asegurado. Salmos 103:8 dice: “Compasivo y clemente es el Señor, lento para la ira y grande en misericordia.” Cristo dio su vida para que nosotras fuéramos perdonadas, así que, cuando por fe confiamos en el perdón a través de Cristo, Dios nos equipa para perdonar a los demás. Es así como podemos extender la gracia que se nos ha otorgado. 

El perdón es una decisión; es una acción que se ejecuta cuando nosotras queremos. Yo sé que no es fácil. Nuestra carne se enoja ante la injusticia y busca vengarse; busca la justicia humana. Pero, ¿te imaginas si Dios actuara bajo el estándar humano? Si así fuera, nosotras jamás mereceríamos ser perdonadas. 

Dios nos llama a perdonar setenta y siete veces siete (Mt 18:22; Lc 17: 3-4). Hermana, el perdón fue esencial para nuestra salvación. ¿Recuerdas cómo te sentiste al saber que Dios había perdonado todos tus pecados? ¡¿No te gustaría que la gente que te rodea experimentara la misma gracia?! ¡Ellos pueden vivirlo a través de tu perdón! Cuánto más perdono, más recuerdo la gracia que me ha sido regalada en Cristo, y mi convicción por extender misericordia aumenta. Sin importar si nuestro enojo es justificado, nuestro llamado es a perdonar, y en el perdón encontramos paz y gozo. 

Querida hermana, tal vez tú, al igual que yo, estés luchando por perdonar a alguien que te ha lastimado. Recordemos que lo que está en juego va más allá de nuestra indignación; la gloria de Dios y la salvación de muchos están de por medio. Hoy oro para que seamos valientes y perdonemos, y para que otros puedan experimentar y recordar la asombrosa gracia de Dios.  

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En arrepentimiento.
www.reformadas.com

Salime

Salime

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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