Estamos acostumbradas a un Cristianismo pasivo. Vamos a la iglesia, nos sentamos, escuchamos al pastor, salimos y regresamos a casa. Un Cristianismo que nos sirve, que nos entretiene, que nos hace sentir bien. Pero no nos exige nada. Ese no es el Cristianismo Bíblico. Como veremos, de hecho, el Cristianismo cambia todo lo que somos de tal manera que actuar y ser como Cristo es simple fruto de pasar tiempo con El.

El libro de Hechos fue escrito por Lucas, el autor del Evangelio que lleva su nombre, y quien fue compañero de Pablo en sus viajes misioneros. Lucas escribió Hechos como una continuación de lo que Jesús enseñó a sus apóstoles y lo que les sucedió cuando comenzaron a seguirlo. En esta ocasión, nos enfocaremos en conocer el plan que Jesús emprendió justo al comienzo de este libro.

Al final del libro de Lucas vimos que después de que Cristo resucita, come con los apóstoles. Ahi Cristo les indica cómo deberán continuar Su plan, bendiciendo a las demás naciones dándoles lo que conocemos como La Gran Comisión: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mateo 28: 19-20 RVR1960). ¡Por supuesto que los seguidores de Jesús estaban más que emocionados!

Finalmente habían entendido que Jesús era Dios, que Él era el Mesías y, que el traer Su reino a la Tierra, los llevaría a experimentar gozo máximo. Así que no pudieron esperar para contarles a todos acerca de Jesús y la salvación. Aún llenos de entusiasmo, había preguntas que inundaban sus mentes. ¿Cómo se supone que Jesús estaría con ellos en todo momento? ¿Cómo les explicarían a los demás esta verdad? ¿A quién se supone que debían compartirle? Jesús les dijo que esperaran en Jerusalén y les hizo una promesa increíble. Cuando Él se fuera, el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, vendría a morar en ellos y El les daría poder para capacitarlos a hacer la voluntad de Dios. Esta es una promesa cumplida de Isaías 32:15, Ezequiel 36, y Joel 2: 27-32.

En Hechos 1 vemos que Jesús asciende, es levantando al cielo en una nube y deja la promesa de que regresara. Sus discípulos se quedan anonadados y se preguntan que deben hacer ahora. Pero deciden confiar en Jesús a esperar. Se reunen para orar mientras aguardaban la llegada del Espíritu Santo. Y asi es como comienza la iglesia.

Quizás la palabra iglesia te haga un poco de ruido, tal vez tienes ideas erróneas sobre lo que ésta verdaderamente es. Incluso puedes pensar que la iglesia es simplemente un edificio. La palabra iglesia proviene del griego ekklésia, que significa “asamblea”. Está formada por ek, que quiere decir “fuera de y hacia“, y por kaleo, que es “llamado”. La iglesia es, entonces, personas llamadas a vivir fuera, diferente de este mundo, ya que fueron llamadas por Dios para vivir para su Reino. La iglesia no es un edificio, sino personas.

Desde siempre, Dios tuvo en Sus propósitos el plan de bendecir a todas las naciones, de invitar a la humanidad caída a volver a sus brazos por medio de la fe (Gn 15:6). Al principio, escogió a Israel para lograrlo (Dt 7:7). Cada una de las leyes e instrucciones que les dio tenían un doble propósito. El primero, señalar el hecho de que, como seres humanos, sería imposible obedecerlo perfectamente. Por lo tanto, esta condición los llevaría a entender que necesitarían de un sacrificio supremo para obtener el perdón de sus pecados, y Jesús es quien lo haría para que todos alcanzáramos la salvación (Hch 7:27).

El segundo objetivo era que, cuando el resto de las naciones viera que Israel se comportaba de una manera completamente diferente, notaran el cambio radical en su vivir, y reflejaran la magnificencia y gran gloria de Dios para que, así, todas regresaran a Su creador. Sin embargo, conocemos la historia, Israel rechazó a Cristo.

Aquellos que rechazaron a Dios abrieron una puerta para quienes decidieron seguirlo. Todo aquel que creyera en Él sería parte del nuevo proyecto que bendeciría al mundo: la iglesia. ¿Sabes quienes pueden participar? Pecadores, gente rota sin nada que ofrecer excepto la esperanza que tenemos en Cristo, gente como tú y yo. Nosotras somos el plan. Nosotras, con la ayuda del Espíritu Santo que vive en nosotras, podemos llevar a cabo este gran propósito.

Al igual que a Israel, Dios nos dejó dos mandamientos esenciales. Los dos los encontramos en Mateo 22: 36-40 cuando Jesús respondió la pregunta que le hizo uno de los fariseos: ¿Cuál es el gran mandamiento en la ley? “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22: 36-40 RVR 1960)

Todo se funda cuando Dios nos amó primero y por ese gran amor, podemos amarlo a Él (1 Jn 4:19). La sangre que Cristo derramó en la cruz y nos dio salvación, también nos abrió los ojos espirituales. La fe nos hace recibir al Espíritu Santo (Jn 14:17, 1 Co 6: 19-20, Ef 1: 7, Tit 3: 5, 2 P 1: 4). Bajo el poder dunamis del Espíritu Santo, amamos y servimos a nuestro prójimo. Bajo Su gobierno, es posible cumplir el segundo mandamiento, que es la gran comisión (Mt 28:19.20). El propósito de la iglesia es hacer realidad la gran comisión: proclamar la esperanza del Reino de Dios.

Así que, hermana, si tú eres una de esas personas sacada del mundo y seguidora y perteneciente de la familia de Dios, esa es tu misión proclamar la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo en palabra y obra, al mismo tiempo que mantienes una comunión con el Padre. No importa a qué congregación de creyentes vayas, no importa si te sientes llamada o no a hacerlo, no importa si vives en los suburbios de América o en Tanzania, donde sea que estés, hagas lo que hagas, esta es la misión que Cristo te ha dado.

Indudablemente, todas conocemos por lo menos a una persona que vive sin la esperanza que Dios nos ha dado. Tal vez está sufriendo una enfermedad, tal vez es un problema del corazón. Sin importar su situación, esa persona necesita de Jesús. Nosotras tenemos al Espíritu Santo que nos guiará cuando no sepamos qué decir. Hermana, deja de jugar a la iglesia, tú eres iglesia. Tu misión es de gran importancia, lo que hagas hoy en el nombre del Espíritu Santo, es sal y luz para al mundo (Mt 5:14-16).

Donde quiera que estés hoy, estás dando esperanza a muchos que viven en un lugar oscuro de soledad o de aislamiento, de vergüenza o de culpa, de adicción o de hedonismo. Estás compartiendo palabra de vida con un mundo que está muerto y que corre hacia la condenación eterna. Hermana, tu llamado en Cristo es el único plan para bendecir a la humanidad. Tú eres Su plan para bendecir a las naciones.

VIVE

1. ¿De qué manera has considerado la Gran Comisión como opcional?

2. ¿Que te impide compartir la esperanza de salvación en Cristo con otros? (Pena, falta de entendimiento, tiempo)

3. ¿Que te enseña el primer capítulo de Hechos acerca de tu llamado para ser bendición a tu comunidad?

LIDERA

1. En oración haz un plan para compartir a Cristo con una persona.

Salime

Salime

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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