Pregunta: ¿Quiénes son los que deben participar de la mesa del Señor?
Respuesta: Tan solo aquellos que se duelan verdaderamente de haber ofendido a Dios con sus pecados, confiando en ser perdonados por el amor de Cristo y que las demás flaquezas quedarán cubiertas con su pasión y muerte. Y que también deseen fortalecer más y más su fe y mejorar su vida. Pero los hipócritas y los que no se arrepienten de verdad, comen y beben su condenación.
Versículos de apoyo: (a) 1 Corintios 10:19-22, 11:28.

Un año después habernos casado, Sam y yo nos peleamos. Gritamos y nos dijimos cosas muy feas, irrespetuosas y sin amor. Nos enojamos y por un par de días no nos hablamos. Y luego, llegó el domingo. Mientras el pastor daba su sermón, estaba pensando en mi derecho a estar enojada y en cómo Samdebía disculparse porque él tenía la culpa. Sin pensar mucho en el flujo del servicio, comenzó la Comunión. Mi esposo me dijo que no creía que debíamos participar de la Cena del Señor porque habíamos pecado uno contra el otro y no nos habíamos arrepentido ante Dios ni ante nosotros. En ese momento me di cuenta de la seriedad de la discusión que tuvimos. Mi pecado había creado una barrera entre Sam y yo, y peor todavía, entre Dios y yo. Aunque yo ya era creyente, es decir, una pecadora perdonada por fe en Cristo, mi pecado aún tenía consecuencias. Fue tan dolorosa esa experiencia que, en ese mismo momento, solo por la gracia de Dios, pude volverme a Él y arrepentirme. Dios me permitió bajarme de la silla de víctima y pedirle perdón a mi esposo. Todavía más importante, me permitió comprender mejor las palabras de Pablo en donde nos exhorta a no tomar la Cena del Señor de manera indigna. Así que, hermana,  te invito a que juntas estudiemos quiénes pueden participar de la mesa del Señor. ¡Estudiemos la pregunta 80 del Catecismo de Heidelberg!

En 1 Corintios 11, Pablo le explica una iglesia muy difícil, la iglesia de Corinto, el valor de la Cena del Señor. En el versículo 28 vemos cómo los exhorta a examinarse al momento de comer el pan y beber la copa para que, de no ser así, no participaran de manera indigna. Veamos qué estaba pasando.

La iglesia de Corinto estaba súper dividida entre ricos y pobres.Como la Cena del Señor era una cena tal cual, no solo el pan y el vino, los ricos llegaban y se atragantaban de comida. ¡Algunos hasta se emborrachaban! No dejaban nada para los pobres, por lo tanto, ellos no podían participar de la Comunión. El comportamiento de los ricos estaba creando más división y evitando que una gran parte del cuerpo no participara de la Cena del Señor. En lugar de entender la Comunión como sagrada, como la unidad del cuerpo de Cristo debido al sacrificio de Jesús, únicamente pensaban en sí mismos como mejores que los demás y se atiborraban de comida, olvidando que Cristo había muerto por ellos, olvidado el motivo principal de este sacramento. Es por esto que Pablo les insistía en examinarse a sí mismos para estar preparados al tomar la Comunión, entendiendo que se trataba de recordar el sacrificio de Cristo para su Iglesia. Hermana, esta es una historia muy particular que sucedió en una iglesia en particular, pero, al igual que yo, ¿crees que podamos aprender algo de esta admonición?

A lo largo de sus cartas, Pablo se enfoca en hablar sobre la unidad. Para él, la unidad dentro de la iglesia era extremadamente importante porque, como pecadores, constantemente creamos división al pecar unos contra otros. Hermana, creo que estamos cegadas a la realidad de este hecho. Como creyentes que participan en la Comunión, debemos examinarnos a nosotras mismas no intentando agradar a Dios para que nos salve, sino con la intención de poder acercarnos más a Él como pecadoras arrepentidas, recordando que por su sacrificio hemos sido rescatadas. Para que esto suceda, la confesión del pecado, la disciplina de la iglesia (cuando sea necesaria) y la restauración mutua son indispensables para poder tomar la Comunión de manera digna.

Si te soy sincera, hermana, que no le hemos dado el valor tan importante y hermoso que tiene la Cena del Señor; el símbolo de su sangre y su cuerpo entregado por nosotras. Llegamos a nuestra iglesia, saludamos a nuestros amigos y tomamos la Cena del Señor como un paso más del servicio. Participamos de esta ordenanza como algo intrascendente. Sin más ni menos, nos aceramos a la mesa habiéndonos ofendido mutuamente, pensando mal una de la otra, criticando en nuestra mente el mensaje del pastor, con una lista de quejas en contra la iglesia porque no hacen lo que nosotras queremos y, por último, con nosotras mismas en el trono. Hermana, ¡necesitamos cambiar! Venimos con una larga lista de peticiones. Nos presentamosbuscando respuestas y soluciones en lugar de buscar ser hacedoras de paz.  Llegamos olvidando que hemos sido perdonadas por aquel al que recordamos durante la Comunión. Carecemos de comprensión de la maldad de nuestros corazones porque creemos que la santificación ya ha sucedido en nuestras vidas, que la Palabra ya no es importante y que la oración, el ayuno, el arrepentimiento y el Evangelio ya no son necesarios.¡No podemos seguir así!

Hermana, ¡podemos cambiar! ¡Dios nos ha dado al Espíritu Santo! Debemos ir a la mesa con corazones honestos que claman desesperadamente por Jesús. Debemos ir a la mesa después de haber confesado nuestros pecados hacia Dios y hacia los demás.Debemos acercarnos a la mesa sabiendo lo que Dios exige de nosotras en Cristo y reconociendo la profunda necesidad que tenemos de Él. Debemos llegar a la mesa con esperanza porque en Cristo tenemos perdón y tenemos un futuro. ¡No sigamos tomando la Cena del Señor a la ligera! ¡No podemos seguir viendo la Comunión como otra “cosa cristiana” que hacemosnada más porque sí! El sacrificio de Jesús por nosotras fue demasiado costoso. Nuestra redención es demasiado preciosa. Nuestro tiempo es demasiado corto. Así que, hermana, al participar de la Comunión, examínate, arrepiéntete, sábete perdonada y regocíjate porque en Jesús eres llamada suya.

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En esperanza.

Reformadas

Reformadas

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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