¿Alguna vez has luchado con la obediencia frente al legalismo? ¿En alguna ocasión te han llamado radical o legalista? ¿Has llegado al punto de discutir con Dios en oración sobre estos temas? A mí me ha pasado. La cuestión es encontrar la diferencia entre ser legalista y ser obediente. Resulta que las iglesias de Galacia experimentaron el mismo problema. Estos dilemas les hicieron buscar y comprender el verdadero significado de las dos posturas. Pablo, en la carta de Gálatas, se encargó de enseñar lo que significa ser libre en Cristo, qué produce esta libertad y cómo la obediencia no es una acción legalista en la vida de un creyente, sino una acción de confianza y amor a Dios.

La carta a los gálatas no fue enviada a una iglesia en especial, sino a un grupo de iglesias en la región de Galacia. Como nota cultural, Galacia era parte de la actual Turquía. Más tarde, los gálatas se establecieron en Francia, en el Reino Unido e incluso en Irlanda. Actualmente los conocemos como galos. Continuando, Pablo pasó por esta región en uno de sus viajes misioneros (Hch 13-14). En su estancia recibió algunas preguntas y quejas sobre un grupo de cristianos judíos que imponían a las iglesias gálatas (principalmente no judías) ritos de la ley, como la circuncisión y las leyes dietéticas, para que su fe en Cristo estuviera “completa”. Lo que ellos promovían era que quienes desobedecieran a Dios no podrían formar parte de la familia del Rey. Esta situación llevó a Pablo a viajar a Jerusalén y a sostener un concilio con los apóstoles para resolver este asunto (Hch 15). Todo este problema no solo lo entristeció porque vio la total falta de comprensión del Evangelio, también le enfureció la insistencia de los cristianos judíos, llamados judaizantes, pues estaban enseñando doctrinas alejadas de la verdad de la Biblia.

Los primeros dos capítulos de este libro describen la conmoción que le causó a Pablo el hecho de que los gálatas olvidaran la esencia del Evangelio y que ahora estuvieran adaptando uno diferente y, por supuesto, falso. Por lo tanto, Pablo retrocedió y les explicó dos cosas: una, su autoridad como apóstol, ya que los judaizantes estaban difamándolo; y dos, el verdadero Evangelio de Jesucristo.

Pablo les hizo entender que su autoridad le fue dada por Jesucristo mismo. Él fue llamado por Dios y luego aceptado por los apóstoles. En particular, Pablo fue parte del consejo apostólico en Jerusalén y se opuso a Pedro cuando cedió a la presión de los judaizantes y dejó de reunirse con cristianos no judíos porque no habían sido circuncidados y porque estaban comiendo alimentos no kosher. Después, los apóstoles discutieron y concluyeron que las prácticas impositivas de la ley sobre los cristianos no judíos invalidaban el Evangelio, porque, como vimos en Romanos, los justos vivirán por la fe (Ro 1:17, Ga 3:11).

No son las acciones ni guardar la ley lo que nos declara justificados. La salvación solo se obtiene a través de la fe en Cristo como un regalo de gracia. Somos declarados justos ante los ojos de Dios no por lo que somos capaces de hacer, no porque hagamos buenas obras ni porque podamos salvarnos a nosotras mismas, sino por lo que Dios hizo por nosotros cuando envió a Jesús, quien vivió la vida que no podemos vivir, se sacrificó por el pecado que nosotros merecemos y resucitó. Cuando confiamos en lo que Dios ha hecho por nosotras, entonces somos declaradas justas por la fe en Cristo. Pablo resumió el Evangelio a los gálatas (Ga 2: 19-20). Cuando memorices estos versículos y medites en ellos, verás que el Evangelio no cambia. En los capítulos tres y cuatro Pablo continuó explicándoles esta verdad.

Desde el principio, todos hemos sido salvos por la fe en Cristo, y Pablo lo probó con el ejemplo de la vida de Abraham, quien fue contado como justo por su fe (Gn 15: 6). La ley prueba que nunca nadie podrá seguir perfectamente las reglas. Cada vez que pecamos, la ley actúa como una acusadora y prueba nuestra incapacidad de obediencia total. Al mismo tiempo, la ley nos recuerda una promesa. Gálatas 3:16 nos enseña que la ley fue dada a Abraham y a su descendencia, que es Cristo. Los mandatos que Dios ordenó nos señalan la profunda necesidad de un salvador. Únicamente Cristo pudo cumplir a la perfección cada parte de la ley en nombre de aquellos que creen en Él. Su vida libre de pecado le permitió morir por nosotras y tomar las consecuencias de nuestro pecado en la cruz. Por medio de su resurrección se ha hecho el único justificador de todos los que fueron bautizados en Cristo y se revistieron de Él (Ga 3:27). Cristo ha cumplido la ley en nuestro nombre, de modo que ya no tenemos que guardar las tradiciones de la ley porque Cristo ya las cumplió.

Más adelante, en los capítulos cinco y seis, Pablo les explicó que la libertad que Cristo nos ha dado no significa desobediencia y libertinaje, por el contrario, representa libertad para obedecer con gozo. Pablo les recordó que Jesús habitaba en cada uno de ellos a través del Espíritu Santo. Hermana, una vez que recibimos la gracia de Cristo por la fe, también recibimos el poder de obedecer a Dios. A través de la fe en Cristo recibimos el poder del Espíritu Santo que nos permite amar a Dios y amar a los demás (Mt 22: 36-40).

El pecado destruyó nuestro amor a Dios y a nuestro prójimo, pero Cristo lo restauró al producir obediencia en nuestras vidas, a esta obediencia Pablo la llama el fruto del Espíritu. Al igual que cualquier fruto que ha sido sembrado, necesitamos cultivarlo. Se nos da la capacidad de trabajar nuestra propia salvación con temor y temblor, porque es Dios quien obra en nosotras, tanto para querer como para trabajar para su beneplácito (Flp 2: 12b-13).

Trabajamos y trabajamos duro. Obedecemos y obedecemos radicalmente. Confiamos y confiamos desinteresadamente. Pero esto solo se logra porque ahora, en nuestra nueva naturaleza, el Espíritu Santo nos da la capacidad de hacerlo. Nuestra naturaleza perdida solo podía pecar. Nuestra naturaleza injusta no deseaba obedecer e, incluso, cuando daba la ilusión de obediencia, siempre estaba manchada de pecado. Pero como ahora estamos crucificados en Cristo y viviendo la vida en la carne por la fe en Él (Ga 2: 19-20) y nos hemos revestido de Cristo (Ga 3:27), se nos ha dado una nueva naturaleza que no nada más desea, sino que es capaz de obedecer y producir este fruto del Espíritu.

Tal vez te canses de escucharlo tantas veces, pero hay que entenderlo, ¡debemos trabajar en ello! Debemos labrar la tierra de nuestros corazones, confiar y caminar en obediencia porque seguimos teniendo voluntad. Cuando caminamos libres y gozándonos en la obediencia de Dios, la ley se cumple en nosotros por medio de Cristo. Por ende, no nos jactamos en el hacer, ahora nos mantenemos humildes (Ga 6:14).

Para finalizar Gálatas, solo quiero recordarte que la obediencia y las obras nunca te salvarán. Únicamente la fe en Cristo por la gracia de Dios da salvación. Sin embargo, me gustaría que recordaras que ahora podemos vivir una vida de obediencia radical en Cristo. Ahora podemos amar a Dios y amar a los demás. A pesar de que tu obediencia producirá frutos que pueden llevar a otros a pensar que eres una persona radical, pues la obediencia es vista como anticuada, aburrida y nada atractiva, en amor, en oración y en perseverancia, tú y yo continuaremos obedeciendo los mandatos de Dios alegremente, no porque nos salven, sino porque ahora podemos. Nuestra esperanza es que los demás vean la necesidad de un salvador y se acerquen a la cruz de Cristo para experimentar la libertad que ellos también pueden tener Él.

VIVE

  1. ¿Consideras que la obediencia a Dios es necesaria en la vida de un cristiano?
  2. ¿Qué mentiras estás creyendo que te impiden vivir en la libertad de la obediencia?
  3. ¿Qué cambios necesitas hacer para vivir en esta libertad?

LIDERA
1. Apoyándote en el libro de Gálatas, ¿cómo podrías alentar a alguien a obedecer a Dios recordándole el fruto que produce?

2. Piensa en un ejemplo personal en donde recibiste libertad como resultado de tu obediencia.

Salime

Salime

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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