Sin importar en dónde viva la gente ni cómo sea su vida, creo que hay dos tipos de personas. Unas son las que viven en una situación tan precaria que saben que necesitan de Dios a cada momento; las otras, en el extremo, son las que viven bajo circunstancias tan cómodas que olvidan su necesidad de Dios. Cuando viví en China y en Etiopía vi tanto sufrimiento que oraba, ayunaba y suplicaba todo el día. Sin embargo, ahora que vivo en Estados Unidos y la situación es completamente diferente, debo recordar que sigo necesitando a Dios. Por supuesto que el sufrimiento aquí también existe, pero todo parece funcionar aun sin mis oraciones. La Biblia nos advierte constantemente sobre la mentira de creer que no necesitamos de Dios. En los tiempos en donde todo parce ir bien, no debemos engañarnos creyendo que tenemos todo bajo control. Todos, hermana, sin excepción, estamos expuestos a caer en esta trampa. En el libro de 2 de Samuel veremos cómo David, el hombre conforme al corazón de Dios, sufrió las consecuencias de este engaño. 

La muerte de Saúl reveló el corazón humilde David, pues a pesar de que Saúl siempre intentó destruirlo, David lamentó no solo la muerte de su amigo Jonatán, también la de su adversario.  Con el paso del tiempo, la gente se fue dando cuenta de que el favor de Dios estaba con David, por lo tanto, todas las tribus de Israel le pidieron que fuera su rey. Israel se vio unificado como nación por primera vez. Al poco tiempo David conquistó Jerusalén, ciudad a la que después llamó Sion, y la declaró capital de Israel. 

David sabía que todo el éxito que estaba obteniendo era por parte de Dios, así que, con el propósito de honrarlo, decidió llevar el arca del pacto a Jerusalén. La idea no era tan mala, sin embargo, en lugar de llamar a los coatitas para cargarla conforme a lo establecido en Números 4:15, le pidió a Uza que lo hiciera. El protocolo para transportar el arca indicaba que Abinadab y sus hijos debían cargar el arca sobre sus hombros, no tirarla de un carro como lo hizo Uza. No olvidemos que el arca era la representación de la presencia de Dios, y nadie debía tocarla con sus manos. El buey que jalaba el carro donde iba el arca se tropezó y, Uza, en un intento por sostenerla para que no se cayera, la tocó y murió. ¡Todo salió mal! Tal vez te parezca una medida radical y un tanto ridícula, pero, hermana, la obediencia a Dios no es ningún juego. Debemos ser obedientes de la forma en que Él lo pide y no a nuestra manera. No hay muchos caminos para llegar a Dios, solo uno y es Jesús. 

Después de la muerte de su gran amigo, David se acercó a Dios con un corazón entregado y dispuesto a tener una relación con Él. De hecho, David le preguntó a Dios si podía construir una casa permanente donde habitara su espíritu en Jerusalén, un nuevo templo. El corazón de David era verdaderamente impresionante. Él no se daba el crédito por todas sus victorias, sabía muy bien que todo era gracias a Dios. ¿No te recuerda a alguien? ¡Claro que sí!, ¡a Jesús! La gracia que se nos ha dado para salvación fue gracias al sacrificio de Jesús. No hay nada que nosotras hubiéramos podido hacer para obtenerla.

Aunque Dios le dijo a David que no podía construirle un templo, le dio una promesa. En el capítulo 7 de 2de Samuel Dios le prometió a David que de su linaje levantaría a un rey que sería eterno, y que por medio de Él bendeciría al resto de la humanidad (similar al pacto abrahámico). A esta promesa se le conoce como el pacto davídico. Lo mejor de todo es que ese rey especial, Jesús, construiría un reino eterno.

David continuó guiando a Israel de victoria en victoria por el favor de Dios. Su carácter siempre mostró caridad con todos y nunca dejó de glorificar a Dios a través de su obediencia. Desafortunadamente, hermana, David no era un hombre perfecto. En una ocasión, en lugar de salir a la batalla (2 S 11:1), decidió quedarse a descansar en su palacio. Mientras disfrutaba de la comodidad de su vivienda, vio a Betsabé bañándose. La pasión por ella se encendió y cometió adulterio. Betsabé quedó embarazada y, David, tratando de ocultar lo que había hecho, mató a Urías, esposo de Betsabé. El secreto no pudo ser guardado y el profeta Natán reprendió a David. El error que había cometido era evidente. David entendió que había ofendido a Dios, así que confesó su pecado y searrepintió. Dios, en su gracia, lo perdonó. 

Las consecuencias eternas de su pecado fueron perdonadas, pero eso no evitó que David sufriera en la Tierra los efectos de tal acto. Hermana, ¡no tienes una idea! Las consecuencias que David enfrentó fueron terribles. Para empezar, el bebé que engendró con Betsabé murió. Después, su primogénito, Amnón, violó a su media hermana Tamar y, en represalia, Absalón, hermano de Tamar, mató a Amnón y huyó de Jerusalén. Más tarde, Absalón encabezó una revuelta contra David y muchos de sus hombres se unieron al golpe de estado. Luego, Absalón fue derrocado y asesinado. Tal como Dios le dijo a David, el fruto de su pecado recaería directamente en su familia. Aunque David no tuvo que pagar el castigo eterno por el error que cometió, tuvo que hacerlo en la Tierra, y fue devastador.  

El final de este libro es completamente diferente a como inició, Israel en guerras y el rey David quebrantado. De los fracasos y problemas de Saúl y David aprendemos que nuestro pecado no solo nos afecta a nosotras, también a quienes nos rodean. Incluso el hombre conforme al corazón de Dios (1 S 13:14) fue incapaz de huir del pecado. Hermana, todos estos relatos nos permiten ver al rey David de una manera más humana, con fortalezas y debilidades, con triunfos y derrotas. No obstante, David no permitió que el pecado lo alejara de Dios. Al final del libro vemos que siguió reflexionando sobre su vida y alabando a Dios por su fidelidad a lo largo de los años. A pesar de todo, David no perdió la esperanza, pues conocía la promesa de Jesús. 

Hermana, vivimos en un mundo roto donde pecamos contra las personas y las personas pecan contra nosotras.  Vivimos en un mundo roto en donde la creación gime, sufre y decae.   Aunque hemos sido perdonadas por fe en Cristo, mientras estemos en este mundo seguiremos padeciendo las consecuencias del pecado. Sin embargo, al igual que David, contamos con una esperanza futura: el reino justo y eterno de Jesús. Por la gracia de Dios, todas las promesas de la gloria futura se nos han dado y serán hechas realidad. Hermana, cuando Jesús regrese el pecado ya no existirá, el dolor y las lágrimas cesarán para siempre y viviremos en cuerpos perfectos para habitar en un reino eterno con Dios morando en medio de nosotras. Este libro nos recuerda todas estas verdades para que, en el poder del Espíritu Santo, nos mantengamos firmes en la esperanza de que, sin importar la situación en la que estemos, el reino de Dios está por venir. ¡Compartamos esta gran noticia! 

VIVE

1. ¿Qué características de la vida de David podrías emular a fin de que tu vida glorifique a Dios sin importar las circunstancias?

2. ¿Han habido momentos en que te escondas de Dios o te resistas a su plan?  ¿Qué te enseña la manera en que David hizo frente a sus pecados?

3. ¿Qué esperanza te da hoy el pacto davídico?

LIDERA

4. Encuentra 3 versículos en el libro de 2 de Samuel que puedan ayudar a alguien en tribulación. Memorízalos para poderlos compartir en el momento adecuado.  

Salime

Salime

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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