El 11 de septiembre del 2015 ofrecería una tarde de café para presentar el título del nuevo estudio del grupo de mujeres de la iglesia en la que mi esposo era pastor. El tema del curso era: “La mente de Cristo”. Sin embargo, el accidente cardiovascular que sufrí ese día impidió que el estudio se llevara a cabo. Fue doloroso para mí, pero era necesario posponerlo. Ahora sé que Dios iba a enseñarme más sobre el tema de forma personal. 

Desde que comencé a estudiar al ser humano desde la perspectiva clínica, mi panorama se abrió, especialmente cuando se trataba de aprender acerca de la mente y sus procesos, entre ellos la memoria. Lo mejor ha sido entender que no es el cerebro lo que produce la mente, como algunas posturas biológicas lo creen, sino que la mente es una parte inmaterial en la que encontramos emociones, sentimientos, intelecto, voluntad, creencias, etc., y que, en realidad, la mente afecta el funcionamiento del cerebro. Carolina Leal, en su libro Enciende tu cerebro, dice: “El cerebro hace la voluntad de la mente”. 

La recuperación fue sólo el comienzo de un proceso en el que tuve que confrontar mi sistema de creencias. Romanos 12:2 (NVI) dice: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprender cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. ¡Cuántas veces había escuchado, memorizado y enseñado este versículo! Ahora me preguntaba si en verdad formaba parte de mi vida y de la de otros creyentes. 

Ciertamente lo creo, pero Dios me mostró que no siempre me vivía como una persona renovada, con la mente de Cristo (1 Co 2:16b), con los valores del reino. Los pasajes estaban en mi memoria, y hasta en diferentes versiones bíblicas, pero me descubrí viviendo debajo de estas maravillosas verdades. En mi mente, en el campo de batalla decada creyente, había una lucha entre el pasado y el presente. El diablo sabe que no puede cambiar quiénes somos en Cristo, pero sí hará todo lo posible por mantenernos confundidos y por anular nuestra verdadera identidad en Dios. 

¿Sabes? No me sentía condenada o no perdonada, entendía perfectamente la justicia de Dios sobre mí, pero tenía el hábito de tener una mentalidad negativa. Las vivencias del pasado pesaban más en la balanza que la verdad de Dios, y yo no estaba consciente de ello. Creía que era una persona muy introspectiva e hipersensible, y lo soy, pero al mirar dentro de mí, me di cuenta que no lo hacía desde el amor, sino desde el temor y la negatividad. ¡Dios me hizo entender que también redimió mi mente! ¡Él nunca más se acordará de mis pecados!

Este ha sido un “nunca más” de Dios para mi vida. Cada día, el Señor me da su gracia ysu amor renovado para vivir desde el amor y no desde el temor. 1 Juan 4:18 (RVR1960) dice: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”.

En Isaías 43, Dios le dijo a Israel que olvidara las cosas de antaño, que no viviera más en el pasado. ¡Esa era yo! Estaba tan acostumbrada a pensar de la manera en la que aprendí desde que era niña que no había comenzado a pensar como la mujer que Dios había hecho en mí. 

Más adelante, en ese mismo pasaje, Dios le dijo a Israel lo siguiente: “¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto,y ríos en lugares desolados”. (Is 43:19). Esto fue lo que Dios comenzó a hacer en mi vida, y lo sigue haciendo. Mi antiguo estilo de creencias y pensamientos me hacían sentir desolada. Creía, erróneamente, que así era mi personalidad y que debía aceptarme tal cual era, pero el Padre me enseñó que eso no era lo que Él había diseñado para mí ni para ninguna otra mujer que se llame hija de Dios. Él dio a su Hijo por nosotras, y su mentalidad es nuestra herencia; con ella hacemos la diferencia en este mundo. Vivir la vida que Cristo nos ofrece día a día, creyendo que es nueva, abundante y novedosa, me llena de entusiasmo y fortaleza.

Hermana, nuestra identidad como hijas de Dios es totalmente opuesta a la identidad que el mundo ofrece. No tiene que ver con lo que tenemos o lo que hacemos, sino con quiénes somos. Como hijas de Dios, nuestra identidad está definida desde lo divino y lo eterno. Permite que Dios renueve tu mente día con día y que sea protegida de los dardos de fuego del maligno que quieren aniquilar las verdades de la Palabra que abrazamos en nuestro interior. 

El Señor dice en Isaías 43:2: “Yo, yo soy el que borro tus transgresiones por amor a mí mismo, y no recordaré tus pecados”. ¡Nunca más, hermana!, ¡nunca más! Dios es verdaderamente bueno. Él está interesado en nuestra transformación para que vivamos y compartamos la esperanza que tenemos en Cristo.

APRENDE

1. Lee y medita Miqueas 7:19, 2 Corintios 5:17 y Filipenses 3:13-14.

VIVE

1. Escribe una lista de por lo menos diez creencias bíblicas y diez creencias que ofrece el mundo. Sé honesta contigo misma y califica cuánto valor tienen en tu vida. Si las creencias del mundo tienen más valor que las bíblicas, pídele a Dios que te muestre qué te está estorbando para que puedas tener la mentalidad de Cristo. 

2. Busca en la Biblia promesas en donde Dios diga que es posible adoptar sus verdades con la ayuda del Espíritu Santo. 

LIDERA

1. Pídele a alguna hermana en Cristo o amiga que juntas hagan una caja de promesas de Dios para ustedes. Coloquen dentro de ella las promesas de Dios o verdades bíblicas. Cada día, lleven consigo una de ellas para que puedan meditar en ella y memorizarla en su tiempo libre, 

Reformadas

Reformadas

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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