En el estudio anterior vimos el inicio de la iglesia en medio de la cultura romana. Pablo la plantó durante su primer viaje misionero a la ciudad de Corinto (Hch 18:1-8). Cuando recibió noticias sobre los problemas de división que estaban enfrentando, les escribió para recordarles el Evangelio y que lo más importante era la lealtad a Cristo ante cualquier circunstancia. A pesar de que Pablo les habló en amor, muchos se molestaron y se rebelaron en contra de su autoridad (2 Co 1:15-17).

Durante ese tiempo, otros pastores llegaron a Corinto con grandes espectáculos religiosos. Sus luces, música y palabras atrajeron los oídos y ojos de los creyentes. Sin embargo, sus discursos estaban alejados de la Palabra de Dios. Decían únicamente lo que la gente quería escuchar, mas no lo que su alma necesitaba (2 Co 10:10). Todos estos factores provocaron todavía más división y la aceptación de enseñanzas falsas y de difamaciones en contra de Pablo. En medio de este ambiente de conflictos, Pablo viajó con humildad para exhortarlos en el Evangelio (2 Co 2:1). Más tarde, envió otra carta que fue como un balde de agua fría para los corintios. No tenemos ese escrito, sin embargo, sabemos que el efecto fue arrepentimiento y nueva aprobación de Pablo (2 Co 7:5-13). En 1 Corintios 2:4 encontramos lo siguiente: “Porque por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas, no para que fueseis contristados, sino para que supieseis cuán grande es el amor que os tengo.” Lamentablemente, no todos tomaron la misma actitud (2 Co 12:20-21).

Fue así que, Pablo, en su tercer viaje misionero, les escribió una carta más: 2 Corintios. En ella les recordó las verdades necesarias para vivir una vida que proclamara su fe en Cristo y que los llevara en unidad de sana doctrina. ¡Continuemos descubriendo lo que Dios preparó para los corintios!

En el principio de 2 Corintios, Pablo les dijo que la razón por la que habló así con ellos fue por Jesús. Él había sido perdonado, de manera que, en amor sincero por sus hermanos y hermanas en Cristo, los ministró y perdonó por el dolor que le habían causado. No solo eso, también se disculpó por el pesar que pudo haberles provocado a través de sus cartas. En esta humildad, refutó la necesidad de rebelarse ante su autoridad. Debido a que eran parte de la promesa de Dios a través de Cristo, ahora tenían al Espíritu Santo en sus corazones y se habían convertido en una prueba viviente de la autoridad de Pablo (2 Co. 3: 2-4). Él les hizo ver brevemente las diferencias entre el antiguo y nuevo pacto. El antiguo pacto, donde la ley fue dada por Moisés como medio, era un ministerio de condenación que fue creado para que los hombres reconocieran su incapacidad de salvarse a sí mismos y regresaran a Dios. El nuevo pacto superaba al anterior. La vida y resurrección de Cristo, a lado de la promesa del Espíritu Santo, dio partida a un nuevo comienzo, en el que podían ser “pequeños cristos” o, como lo llamamos comúnmente, “cristianos” (2 Co 3:7-18).

Pablo intentó explicarles que el sacrificio de la cruz les permitiría vivir de manera correcta, ayudándolos a mantenerse unidos. La nueva vida que les fue dada por medio de la fe les haría servirse unos a otros en mutuo amor. El Espíritu Santo les daría la capacidad de cargar su cruz y de amar a sus hermanos. La verdad, hermana, dedicar tu vida a Cristo puede parecer una decisión insensata o poco atractiva, pero no lo es. Ser humilde, servir a los demás y amarlos de manera sacrificada definitivamente vale toda la pena y exalta a Cristo.

Este mensaje fue dado especialmente a los corintios que habían comenzado a seguir a los falsos profetas. Dinero, brillos y grandes discursos que apelaban a las emociones y a los deseos carnales caracterizaban a estos hombres que estaban dispuestos a gloriarse siendo las estrellas del espectáculo que montaban. Sus palabras atraían a las personas, pero no hablaban de la verdad del Evangelio. Por otro lado, Pablo, pobre, sin nada de glamur, que trabajaba construyendo tiendas, era distinguido por su gran humildad. Este hombre de Dios hablaba la verdad del Evangelio, hacía severas exhortaciones que llevaban al arrepentimiento y a los pies de Cristo. Él no hacía otra cosa sino exaltar a Dios y darle la alabanza como único rey verdadero.

Hermana, sé que es difícil aceptar lo que es bueno para nuestra alma, pero el Evangelio no miente. Entendiendo la vida en forma de cruz, muchos pudieron reconocer que cada día debían elegir creer en el Señor Jesucristo. ¡No necesitaban entretenimiento! ¡No necesitaban pastores promotores de sí mismos! ¡Necesitaban entregarse a Cristo y seguirlo con humildad! ¡Necesitaban disponer su vida para amar a los demás como Jesús los amó a ellos!

Estoy segura de que este tema te es familiar. Hoy en día, estamos rodeados de pastores motivados por la autopromoción, que montan espectáculos y que predican el falso evangelio de la salud, la riqueza y la prosperidad. Algunos adulteran la Palabra y la hacen culturalmente aceptable y menos ofensiva con tal de atraer a la gente. Pero, hermana, el Evangelio de Cristo es ofensivo porque predica la verdad. No esperes que la Biblia acepte el pecado de este mundo. Dios es santo y nosotras no lo somos. No importa cuánto lo intentemos, no hay forma de salvarnos a nosotras mismas. Únicamente la misericordia de Dios y la sangre de Jesús pueden hacerlo. Cristo pagó por nuestros pecados y quien cree en Él tiene vida eterna. Su palabra siempre será una afrenta, pero es lo que nuestra alma necesita.

Posteriormente, Pablo les recordó un llamado importante en la vida de los cristianos: la generosidad. En ese entonces, Pablo estaba recolectando una ofrenda para ayudar a los hermanos y hermanas en Cristo que vivían en Jerusalén y que estaban pasando hambre (Ro 15:20-33, 1 Co 16:1-3). La mayoría de las iglesias que Pablo plantó dio más allá de sus posibilidades (2 Co 8:3). Sin embargo, los corintios, después de haber estado en desacuerdo con Pablo, ignoraron por completo la petición que les hizo para dar generosamente a los necesitados. Pablo tuvo que explicarles que no era una cuestión de dinero, Dios no necesita ayuda. El dinero y la generosidad son una prueba de nuestra confianza en la provisión de Dios. Ofrendar para diferentes causas y diezmar para extender la misión del Evangelio es simplemente una forma de probar que Jesús es el que está en el trono de nuestro corazón y no las cosas materiales.

Pablo les indicó que el Todopoderoso, el Rey de reyes, quien vivía entre las riquezas del Cielo, se hizo pobre al convertirse en el Dios, para que, por medio de su pobreza, nosotras, las que estamos en Cristo, seamos ricas en Él (2 Co 8: 9). Es el Evangelio el que transforma nuestro amor por el dinero en amor a Dios y en amor por los demás. Es el Evangelio el que nos permite dar generosamente y ser empáticos con el dolor de nuestros hermanos mientras buscamos llegar a ser como Cristo en el poder de su Espíritu Santo que mora en nosotras. Cuando el Evangelio nos transforma, entendemos que no se trata del dinero, sino de exaltar y glorificar a Dios a través de los pocos o muchos recursos que Él nos ha dado para que otros también puedan conocer las riquezas de Dios en Cristo.

Al final de esta carta, Pablo volvió a hablar de los pastores que llevaron enseñanzas falsas y, humildemente, les habló de su propio camino de vida. Él era un fariseo de fariseos (lo que significa que se sabía la ley o el Antiguo Testamento de memoria). También era un apóstol, ya que había visto personalmente a Cristo resucitado. Pablo estaba próximo a convertirse en el sumo sacerdote de Jerusalén, por lo que heredaría riquezas, poder y el reconocimiento que ese título conllevaba. Sin embargo, decidió renunciar a esa vida de comodidades. Pablo hizo un contraste de su vida con la de los falsos pastores. Ellos estaban cobrando cantidades ridículas de dinero por sus “regalos”. Con estas palabras los redirigió a Cristo recordándoles que no importaba cuán impresionante fuera el discurso de los pastores, no era en ellos en quien debían fijar su mirada, sino en Cristo, quien nos da la gracia para cada día y al cual debemos exaltar con obediencia y total dependencia.

Al final de 2 Corintios, Pablo les hizo un llamado a examinarse a sí mismos (2 Co 12:15), a tomar nota de su obediencia y desobediencia, a evaluar sus deseos y sus acciones, a analizar sus motivaciones y, por último, a volver con humildad a la cruz que transforma el corazón. Básicamente, les hizo un llamado a elegir a Dios cada mañana.

VIVE

  1. ¿Estás satisfecha con la simplicidad de la cruz de Cristo, o te atraen más las palabras disfrazadas de prosperidad que prometen darte lo que tu carne anhela?
  2. ¿Estás satisfecha en la cruz de Cristo, o estás buscando acumular dinero y riquezas para exaltarte y buscar tu comodidad, tu conveniencia y tus sueños a expensas de la obediencia a Cristo?

LIDERA

  1. ¿Estás satisfecha en la cruz de Cristo, viviendo una vida que muestra a otros que tu fe en Él es real?
  2. ¿Qué puedes hacer para mostrar la realidad de la cruz de Jesús en tu vida?
Salime

Salime

Soy Salime, la fundadora de Reformadas. Soy originaria de la CDMX. Ahí nací. Ahí crecí. Ahí conocí a Cristo. Y de ahi me saco Dios para llevarme a una gran aventura a Su lado. Por su gracia, Dios me ha permitido entender la importancia de conocerlo a través de Su Palabra y es por eso que funde Reformadas. A fin de que tu como yo, lo conozcas y aprendas a atesorar a Cristo a través de La Biblia y que así, juntas compartamos el gran mensaje de esperanza en Él a todas las naciones.

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